El lago parecía una sábana de mercurio al atardecer. La lancha se deslizaba despacio, como si también quisiera guardar silencio. Ella se acomodó el chal ligero sobre los hombros mientras él revisaba, casi con pudor, el timón y las cuerdas, aunque no había nada que ajustar. Sólo necesitaba hacer algo con las manos. —¿Siempre fuiste marino? —preguntó ella, con la voz apenas levantada por encima del murmullo del agua. Él sonrió. Tenía esa sonrisa que aparece en los hombres cuando recuerdan su juventud sin nostalgia, pero con cierta complicidad consigo mismos. —Hasta que el cuerpo dijo basta… y después el alma también quiso tierra firme. Ella asintió. Miraba el horizonte, pero lo sentía a él. Había algo en su presencia que no necesitaba palabras, como el peso tibio de una manta en invierno. Desde que lo escuchó leer su historia sobre la bruma y los puertos, intuyó que debajo de su calma había un fuego lento. Pero fue cuando ella leyó su microcuento —ese, sí, con la caricia no da...
Escribir puede transformar los preciosos instantes en historias, donde los sueños cobran vida y le dan forma a un tejido de ideas, circunstancias y motivaciones. Animarse a soltar aquello que hemos guardado o imaginado nos vuelve seres infinitos. Escribo lo que la vida no alcanzó a decir. Autora de Si tus sueños fueran míos. 📩 Para pedir este libro y otros: lfdelsignore@gmail.com