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II y III - LOCURA, POLÍTICA Y UN TORINO EN UN CAJÓN

 CAPÍTULO II

“Campaña en chancletas”



Arcadio no tenía equipo de campaña, tenía una peña. Sus asesores eran Elbio, el carnicero jubilado; Cata, una ex maestra jardinera con un pasado anarquista; y un loro que repetía “¡Orden y progreso!” porque lo habían criado entre desechos de la dictadura y novelas de canal 9.

Su sede era la vereda de la plaza. Ahí, cada mañana, colocaban una mesita de plástico con volantes escritos a mano (porque “el alma del pueblo no se imprime, se transfiere en tinta Bic”, decía Arcadio) y una pava humeante como símbolo de transparencia.

Su eslogan:
 
"Arcadio 2025: Más vale loco conocido que cuerdo por conocer."

Las propuestas no se quedaban atrás. Propuso:

  • Instaurar el “Día del Abrazo Obligatorio” para reconciliar al pueblo con sus traumas.

  • Construir una pileta pública en la azotea del hospital ("porque la salud mental también flota").

  • Declarar patrimonio cultural a su perro Tuco, que tenía heterocromía y una mirada que juzgaba mejor que cualquier juez de paz.

Las redes sociales, manejadas por su nieto gamer, lo mostraban bailando cuarteto sobre tachos de pintura vacíos, arengando a la juventud con frases como “¡Que no te gobierne el miedo, que te gobierne un loquito feliz!”

Y la gente... lo empezó a mirar distinto. No con esperanza, claro, pero sí con ese brillo morboso con el que uno sigue una novela turca sin entender nada, pero sin poder dejar de mirar.


                  CAPÍTULO III


“Debate público y el incidente con la gallina simbólica”

El centro cultural “René Favaloro” nunca había visto semejante despliegue. La candidata del oficialismo llegó con una presentación en PowerPoint, traje sastre y un puntero láser. Arcadio llegó veinte minutos tarde, en un sulky adaptado sobre el chasis de una Peugeot Partner que jamás arrancó, tirado por dos vecinos desempleados que ofrecieron sus servicios “en negro pero con dignidad”.

Entró como un César barrial, con una gallina bajo el brazo.

—Permiso, compañeres, traigo mi símbolo de campaña —anunció, depositando al ave en el atril como quien pone una bandera en la luna—. Esta es Clara, la gallina del pueblo. No pone huevos, pero tiene dignidad. Como este municipio.

La moderadora intentó objetar, pero Arcadio ya había desplegado su carpeta de cartón con anotaciones hechas con marcador gastado. Citó a Newton, a Artigas y a Lali Espósito. Disertó sobre la teoría del caos aplicada al tránsito de la calle Belgrano y explicó por qué un Torinito bien restaurado puede vencer al tiempo más eficientemente que cualquier política pública.

—Yo no necesito un plan de gobierno —bramó—. Yo tengo visión. ¿Usted sabe lo que fue Nürburgring del ‘69? ¿Eh? ¿Lo sabe? Fangio, papá, Fangio. Ese Torino que tengo desarmado en el comedor es testigo de una epopeya nacional. Si ese auto resistió 84 horas en el infierno alemán, ¿cómo no va a resistir la burocracia de este pueblo?

Los asistentes no sabían si aplaudir o llamar al hospital. Pero una parte de ellos, la más cansada, la más harta, la que había perdido hasta el entusiasmo por indignarse... esa parte empezó a mirarlo con respeto. Porque Arcadio, loco o no, creía en algo con tanta fuerza que uno salía de escucharlo con ganas de restaurar cualquier cosa rota: un auto, una plaza, una vida.

La gallina, mientras tanto, se había posado sobre una notebook y picoteaba las estadísticas del presupuesto municipal.

—¿Ven? Hasta Clara sabe que hay plata escondida en “Desarrollo Urbano Participativo”.

Arcadio se retiró entre vítores tibios y murmullos intrigados. A nadie le había quedado claro si estaba loco... o si todos los demás se habían vuelto demasiado cuerdos como para hacer algo verdaderamente inolvidable


L. F. Del Signore 
Todos los derechos reservados 

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