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LOCURA, POLÍTICA Y UN TORINO EN EL CAJÓN

 



Capítulo IX

Arcadianos vs. Excelentísimos

En apenas tres meses, Arcadio había logrado lo que ni la crisis del '89 ni el cierre del frigorífico pudieron: dividir al pueblo.

Los arcadianos se multiplicaban como hongos después de la lluvia. No eran un partido ni un movimiento organizado. Eran un estado mental. Jubilados, mecánicos, maestras, adolescentes, incluso un ex intendente retirado con problemas de oído... todos empezaban a repetir frases como:

“Es mejor un Torino roto que una promesa entera”.
 —“Prefiero un loco que patea, a un cuerdo que bosteza”.
 —“¡Arranquemos juntos!”, decían en panaderías, colectivos, y hasta en la sala de espera del dentista.

A Arcadio no le gustaba llamarlos “seguidores”. Decía:

—Yo no lidero, yo molesto. El que me sigue, es porque quiere ruido.

Del otro lado, los excelentísimos —así los apodó un diarito local dirigido por un ex compañero de secundaria de Arcadio que nunca le perdonó que le ganara en la feria de ciencias con un motor de lavarropas reconvertido en licuadora—.

Ellos defendían “la institucionalidad, la moderación y los protocolos”. Se ofendían cuando Arcadio hablaba sin pedir la palabra. Cuando llegaba al concejo con sandwich de milanesa. Cuando decía que los “proyectos de declaración” deberían enviarse al taller mecánico, “a ver si allá les encuentran utilidad”.

Un día, la tensión se volvió pública. Fue en la sesión donde se discutía el cambio de nombre de la calle Belgrano por “Calle del Pensador de la Nación” (propuesta impulsada por un concejal que había escrito un folleto sobre ética en 2003).

Arcadio pidió la palabra.

—¿Y si en vez de cambiarle el nombre a la calle, le cambiamos el pavimento, que tiene más pozos que argumento este recinto?

Silencio. Luego, aplausos desde las gradas. Gritos: “¡Eso, Arcadio!”, “¡Hablá claro como siempre!”, “¡Que le pongan tu nombre a la terminal, viejo!”

Un concejal se levantó, indignado:

—¡Esto es un atropello a la tradición institucional!

Y Arcadio, sin siquiera parpadear, disparó:

—La tradición que hay que honrar es la de resolver problemas, no la de escribir actas que nadie lee. ¡Si seguimos así, van a declarar patrimonio cultural la mugre del basural por “antigüedad espontánea”!

Desde ese día, los concejales entraban al recinto con más miedo de Arcadio que de la prensa. La gente empezó a asistir a las sesiones como si fueran funciones de teatro. Vendían pochoclos. Una vez, incluso llevaron una pancarta que decía: “Más Torinos, menos discursos”.

L.F.Del Signore
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